terça-feira, 18 de agosto de 2009

Girasoles y destino

En marzo compramos las semillas. Nicolás las enterró suavemente en una maceta mediana con sus manos. Sus manos todavía tenían tres años. Después humedecimos la tierra y nos pusimos a esperar.
Aprender a esperar es complicado. Pero esperamos. Unos días llovió, otros hizo sol. Un día nos asomamos a la maceta y descubrimos que había unos diminutos brotes verdes.
-Los girasoles!! los girasoles! Los girasoles!
Continuamos esperando. Las manos de Nicolás cumplieron cuatro años. Los brotes se desperezaron y empezamos a planear su traslado. Un lugar donde el sol pudiese pilotarlos. Ahí.
-El domingo los trasplantaremos, qué te parece?
El domingo por la mañana nos agachamos delante de la maceta. Había muchas hierbas tiernas, brotes aplicados hacia el cielo. Fuimos escogiendo cuidadosamente los girasoles. Nos manchamos los dedos y tocamos las raíces. Apoyamos los frágiles tallos en unas varas y volvimos a esperar.
Era bueno esperar porque si un día llovía Nicolás se consolaba sabiendo que los girasoles estarían a gusto.
Un día de verano comenzaron a salir las flores. Salieron unas flores blancas de tallo acarocolado. Unas flores blancas.
Nos agachamos delante de ellas con los ojos arrugados y las cejas afiladas.
-Nicolás...
-Qué.
-Son blancas.
-....
-Nico.
-Qué.
-No son girasoles.
-No, mamá. Se equivocaron...

2 comentários:

  1. Pero la espera estuvo bien, el resultado no siempre es importante.
    besos

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  2. La espera fue emocionante, y vamos aprendiendo a tener paciencia, que nos falta a los dos... pero mejor hubiera sido una recompensa. Menos mal que Nico ni sospechaba que la torpe soy yo... qeu no distingo un girasol de un hierbajo (bueno un hierbajo muy mono, eso sí).

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