domingo, 10 de abril de 2011

quinta-feira, 7 de abril de 2011

Sueño breve

Ya sabes que no me gusta escuchar tus sueños. No me gusta interpretar ni intentar comprender. Prefiero no saberlo.
Por la ventana llegaban esos sonidos que hace el día cuando se despliega, un crujir imperceptible de dobleces y pájaros. El calor, ya tan temprano, era agobiante y ella pensó que, de no haber escuchado a los pájaros, se habría esforzado en huir. Pero chilreaban como si nada pudiera disuadirlos. Tampoco a ella.
Pues te voy a contar mi sueño, le dijo, y sin mirar, sobrevoló el rostro desganado de aquel hombre que desayunaba café y sin dejar de batir sus alas, se perdió en el aire.

segunda-feira, 4 de abril de 2011

Siempre vuelven

Cuando las golondrinas llegaron ese año, las ventanas estaban abiertas. Era marzo, un diecisiete de marzo en que el sol doraba y calentaba la superficie de las cosas y hacía roma la punta de la brisa. Las ventanas estaban abiertas y el grito de los pájaros rasgando el cielo le hizo dejar lo que estaba haciendo para asomarse. Siempre se alegraba. El regreso de los pájaros la reconfortaba, la tranquilidad de saber que la vida continúa pese a los escollos del invierno. Una reconciliación que siempre sucedía y siempre esperaba.
Con la mirada azul, llena de azul, cogió el teléfono y la llamó. El teléfono sonó hasta seis veces y le pareció casi preferible dejar un mensaje:
-Han vuelto- dijo con la voz también azul- las golondrinas han vuelto. Pase lo que pase, recuerda, la vida es esto que no se para y que nos lleva. Siempre vuelven. Confía.
Del otro lado el silencio y la seguridad de que más tarde, en medio de todas las incertezas, volarían las golondrinas bajo el cielo de marzo tachando el invierno.

terça-feira, 29 de março de 2011

Cotidiano y colateral

Llevaba prisa y conducía sin apenas mirar el paisaje. Aún así, sabía que el día estaba gris y que marzo se despedía con las manos frías. Escondía una sensación de tristeza acogedora, de esas que cantan como sirenas y observan como serpientes. La reprimía en la garganta, en el cuenco del alma y se dejaba aturdir por las palabras saladas del locutor que hablaba en la radio sin llegar a decir nada. Conducía con prisa. Al llegar al peaje calculó el vial para la cabina más breve. El tiempo deshaciendo nudos en los reflejos. Al acercarse, el coche de la derecha rectificó su decisión y cambió torpemente de carril para deslizarse en el suyo. Sin pensarlo, ella modificó la trayectoria y miró con desprecio hacia el otro conductor. Miró con esa cara de asco que viene de serie instalada en las ventanillas. Cara de asco y, además, pronunció lentamente un insulto para ser leído en los labios. Un arrebato de ira proporcional al tiempo que la apretaba. Pero la mirada tropezó en el cristal de la acompañante y rebotó. Rebotó una cara pálida y triste ajena a las maniobras, a las palabras sucias y a las prisas. El insulto se le deshizo en la boca con un gusto agrio y estúpido. Y lo peor es que para ese incidente, no hubo trayectoria alternativa. La palabra perdida hirió a aquella mujer y la prisa, entonces, se quedó atascada en esa sensación de disparate cotidiano que atasca los días.

sexta-feira, 25 de março de 2011

Noticias

Dejó el periódico sobre la mesa rezumando sangre. La abracé.
-Dime algo, por favor, algo dulce.
Entonces le conté que han vuelto las primeras golondrinas a nuestra aldea. Que los parques se llenan de niños los domingos con los zapatos de suela y con los cabellos peinados. Que en el suelo hay un charco flores de camelia y que ella, tan cerca así, dentro del abrazo, conserva el olor cálido de los recién nacidos.
Todo era tan cierto como las noticias. La vida, esa sangre corriendo por su cauce.

quinta-feira, 24 de março de 2011

Palabras

Hay palabras que no existen pero podemos decirlas. Cerramos los ojos y aparecen mientras alguien escucha y las espera. Dibujan un sendero de balizas que brillan para poder seguir al menos un poquito. Palabras como luciérnagas amigas. Parece que no existen, pero las pronunciamos nada más inventarlas y arden en medio de las angustias y los miedos, de los vacíos y la soledad. Hay palabras que brotan sin que sepamos donde. Manantiales de consuelo para abrazar incluso en la distancia.

quarta-feira, 23 de março de 2011

Culpa

Treinta y tres años después todavía sentía aquella sensación ahogadora de culpa que la paralizó mientras leía la esquela. Tenía entonces diecisiete años y la vida invadía su cuerpo con la insaciabilidad de la inocencia. El doctor la reconocía con calma y hacía preguntas cotidianas. Ella se abotonaba de nuevo la blusa sin pudor y entonces él, sin levantar la vista de sus anotaciones, le hizo aquella pregunta. Ella respondió que sí y que tenía pareja más o menos estable. Entonces él, prudentemente, le preguntó si podría decirle la frecuencia. Y ella, con cierto descaro y tomándose su tiempo, respondió que dos o tres al día, a veces cuatro. Sonrió guardando los detalles, pero con cierta osadía. Él simplemente anotó la cifra. Todo estaba en orden. El pequeño nódulo de la garganta no era preocupante, solo vigilarlo y volver en un año.
Dos días después ella leía y releía el nombre del fallecido en aquella esquela, atrapada en un temor que no podía evitar. En la casa comentaban, con voz baja, que al parecer tenía una querida.Que se tiró del noveno piso del edificio en que tenía la consulta. Un hombre todavía joven.
Treinta y tres años después todavía lo recuerda y guarda, como un secreto, aquella conversación.