domingo, 22 de setembro de 2013

Pequeñeces

A menudo sucede que, sin apenas darnos cuenta, hay restos de frases, harapos de viejas canciones, consejos casi abandonados, que dibujan un rastro por el que nos guiamos en medio de la confusión. En momentos de tristeza, cuando estaría dispuesta a renunciar a cualquier esfuerzo y desistir de cualquier meta, recuerdo aquellos versos de Silvio Rodríguez: "Creía mi alma inservible pero era cansancio vulgar, nada más", que siempre resultan ser ciertos. Ciertos tras el descanso.
También T. S. Elliot me acompaña diariamente sin que de él sepa mucho más que ese fragmento de plegaria, que sin haberla pedido, me enseñó un buen amigo: "Enséñanos lo que importa y lo que  no importa. Enséñanos a estar sentados, tranquilos". (Como no la sé literalmente, sé que me corregirá, pero en realidad es eso). 
Otras veces, lejos de ser un verso o una canción, es un gesto o una ayuda para la vida cotidiana: estibar bien la carga. Es muy importante estibar bien la carga para poder llevárnoslo todo. Saber dónde colocar lo grande y lo pesado, dónde lo lo pequeño y lo frágil, dónde lo importante, lo urgente para descargar y aprovechar los huecos. Esto lo aprendí de él. Es tan importante esta buena práctica que vale tanto para traer la compra del supermercado como para cruzar el océano en un mercante, o sobre todo para ordenar el día a día en nuestras emociones con el menor esfuerzo y el paso más seguro. Lo aprendí de él, que vive conmigo.
Y puede ser también solo una palabra, como la especia que salva un plato sin brillo: ser implacable. Implacables y fieles a nosotros mismos. Esto me lo contó la hechiZera. Me lo cuenta siempre, ella.

quinta-feira, 19 de setembro de 2013

Sobre Carlos Borra

Se llamaba Carlos Borra y tenía en el andar y en los ademanes ese donaire y desparpajo que en los hombres recuerda a los felinos y a menudo resulta irresistible. Sonreía incluso con las manos y podría convencerte, sin dejar de mirarte a los ojos, de cualquier aventura imposible. Escuchándolo, más de una vez, he creído ver al niño que fue un día. Un niño de ojos grandes e imaginación parásita de la vida y la rutina. Sin embargo él insistía en que nunca fue así. Que de pequeño era tímido y callado. Que sus padres, esos desconocidos de nuestra madurez, pensaban por entonces que nunca tendría amigos. 
A veces sucede. Un buen día mudamos la piel y nos hacemos adultos. Entonces se hace imposible ser reconocidos. El tiempo discurre y como Carlos Borra perdemos no solamente al niño que fuimos, si no al hombre o la mujer que nos pronosticaba el futuro. Ellos nos miran sin saber cómo hablarnos y nosotros escuchamos con una sonrisa que se apoya en la ternura. Sabiendo que nos observan desde muy lejos aunque nos quieran muy cerca. A Carlos Borra  dejé de verlo hace unos años pero siempre lo recuerdo cuando intento seguir los pasos, debería decir las mutaciones, de mis hijos. No querría perderme el instante en que muden su piel y un extraño muy querido ocupe mis abrazos. No querría dejar de admirarlos.

domingo, 15 de setembro de 2013

La calma y el viento

El monitor nos lo dijo mientras nos acompañaba al barco:  Ahora el viento sopla de la playa pero en breve volverá a soplar del mar. Es posible que esté cambiando durante un rato. Luego dejará de soplar y estará unos minutos todo en calma. Tened paciencia.  Soplará del mar. 
Me sorprendió esa certeza y además el tono neutro de su voz mientras pronosticaba. Pensé que sus ojos, grandes, azules y poco expresivos, tenían algo de la misma quietud de la profundidad. Una quietud que intranquiliza por imprevisible. Pero él estaba seguro: Pronto soplará del mar.
Cruzamos la bahía aprendiendo el viento. Después, ya cerca de las rocas, no pudimos virar. La mañana contuvo la respiración durante diez minutos largos en que no dejamos de observar la costa, tan cercana. Y de pronto, como un suspiro, la vela se volvió a llenar. Reímos y avanzamos con rapidez, sin perder la corriente que nos llevaba. 
A veces sucede así. Todo se calla y permanece en silencio. El miedo nos tapa los ojos y pregunta para atormentarnos: "¿a dónde vas?" No sabemos lo que será mañana. Es preciso esperar y sujetar muy fuerte la escota de la voluntad. Pronto volverá a soplar del mar.

quinta-feira, 5 de setembro de 2013

Algunas verdades sobre la tristeza.

La tristeza es pegajosa. Ahoga el alma mientras la abraza. Se instala en la razón  y allí se calla. Luego ciega los ojos y nos enturbia los días. Apenas deja lugar para los brazos caídos. Ahoga. Arruga la verdad como las manos arrugan un papel equivocado. Mezcla futuro y miedo. Presente y miedo. Paraliza. Abraza. Acuna y, después, mata. 

quinta-feira, 29 de agosto de 2013

El juego de la pilla

Corren sin parar y gritan como pájaros de verano. Corren todos. Escapan mientras ríen. Solo uno, con los brazos extendidos, intenta pillar. No importa a cuál. No importa cómo. En realidad tampoco importa mucho cuándo porque se trata de jugar y mientras juegan están siendo niños. Solo niños que aprenden. 
Todos los cachorros aprenden en el juego, ritos iniciáticos para la vida. Rutinas de "como si" para salir después al descampado del mundo. Allí, en el mundo, se termina. Termina el juego pero sigue la pilla. Seguimos corriendo cada día con la esperanza absurda de que no nos pille. Que no nos pille el paro, el dolor, la enfermedad, la desgracia; que no nos pille la muerte. Sorteando para siempre esos brazos extendidos, sin gritar ni reír. Corriendo a ciegas. Apenas con el miedo de saber, en las entrañas, que antes o después nos tocará la panda.

segunda-feira, 11 de março de 2013

Teología práctica y aplicada

Nicolás es rebelde, díscolo, que es la palabra con que se describe a los niños rebeldes.
Durante la cena hablamos de sus maneras.
- Mañana vas a ir a la Iglesia.
Le decimos como amenaza poco convincente.
- A la Iglesia? a qué?
- Pues para que tengas que contarle a alguien lo mal que te portas. Las cosas que nos dices...
-... y para que te digan que si sigues así te irás al infierno!- termino yo rotundamente.

Nicolás sigue cenando y se sonríe.
- El infierno no existe!
Continúa pensando y casi se escucha el ágil crujido de sus pensamientos:
- A ver... - explica -yo creo en Dios, pero no en el infierno...
- Ah! y eso por qué? por qué en Dios, sí y en el infierno, no? Me lo explicas?
Y con su media sonrisa, desde la obviedad, responde:
- Pues porque el infierno... Porque eso no tiene nada que ver con Dios!
Y la conclusión nos desarma por su evidencia.
Algo en su intuición de Dios me parece tan fácil...