segunda-feira, 19 de setembro de 2011

Otoño

Había caído una lluvia tierna y esperada durante toda la mañana. Tal vez por eso mismo decidió calzar unas zapatillas con suelo de goma y salir a pasear. El aire tenía de pronto, sin haber sido anunciado, el tacto del otoño y ella pensó que toda su vida había sido irremediablemente cursi y aburrida en sus pensamientos y que la idea de cambiar le producía en sí misma aburrimiento. Le gustaba la humedad del aire que limpiaba e iluminaba la voz que la corregía. La señora Chelo esperaba en la puerta cuando ella pasó imprimiendo su débil sombra por las paredes. Vestía sus ropas de domingo y era solo martes. Le sonrió porque había algo de fiesta en la pausa contenida de la anciana. Respondiendo a la sonrisa, la señora Chelo trinó desde la piedra oscura anunciando: Me vienen a buscar. Estoy esperando.
Saludó con la mano y asintió. Pero se llevó disimulada la certeza de que mentía. De que nadie vendría nunca a buscarla, aunque hubiera llovido, aunque llegara de pronto el otoño con sus tintes y su voz fuese cantarina como la lluvia.

quarta-feira, 3 de agosto de 2011

Pavo Real

Pedaleamos despacio mientras la tarde se amansa. Le gusta hacer preguntas y dibujar dicotomías solo para que sigan humeando las palabras. Qué prefieres para el jardín, un ave o un mamífero?
Yo prefiero un ave. Él también prefiere un ave y su favorita sería un pavo real.
Pedaleamos en silencio un poco más. Pasamos un campo de trigo tan uniforme en su color que al pequeño Nicolás le parece estar en blanco y negro, como en la tele, dice. Pasamos unos caballos que no nos miran, una casa cerrada en medio del llano, con sus árboles generosos ofrecidos al silencio. Un poco más.
-Pero tendríamos que tener dos.
-Dos qué?
-Dos pavos reales, mamá.
-Y dos, por qué?
-Para que uno quiera impresionar al otro, sino no van a abrir la cola... Sería perfecto si fuesen un pavo y una pava.

Por el camino de vuelta nos cruzamos con una gente que pasea haciendo sombras afiladas. Entonces Nicolás jadea de cansancio, hace ruidos de agitación y gran esfuerzo. Se acerca velozmente hacia mí y con esos ojos negros que casi no le caben en la carita cuando se ríe, me dice:
-Es que yo soy como un pavo real, mamá, me gusta cuando me miran!

quarta-feira, 20 de julho de 2011

Amarillo pollo

Siempre que algo le daba miedo prefería salir a su encuentro. Evitaba así el susto innecesario de la sorpresa. Sucedió un día con la vejez. Se paraba en los rostros de la gente madura. No en los ancianos, que ya tienen de nuevo su encanto y su ternura, no. Se paraba en los rostros de la gente de mediana edad, gente que no conseguía afinar el ritmo de sus andar con la cadencia o melodía de su años. Era una sensación difícil de describir, me contaba un tanto pudorosa, porque tenía mucho de prejuicio inconfesable (incluso para sí misma) y mucho de miedo a sí misma, a su vejez. El caso es que como siempre se había adelantado a sus temores, se despertó una mañana con la firme convicción de enfrentarse a la madurez... aunque yo sé que delante del espejo fue más radical en sus definiciones. Convencida como estaba, tomó sus decisiones y actuó en consecuencia. Como primera medida: asumir. Y siendo mujer y un tanto presumida, decidió que "por coherencia y hasta por comodidad" lo primero a asumir tendrían que ser sus cabellos blancos.
No diré que le diese tantas explicaciones a la peluquera, pero sí llevaba preparado un breve discurso de digestión rápida y de tono divulgativo. La peluquera la escuchó y con una sonrisa muy profesional, aceptó la propuesta.
-Pero no puedo decolorarte el tinte que llevas, porque te quedaría exactamente un tono amarillo pollo, que sería... poco deseable. No crees?
-Amarillo pollo?
-Sí, como aquella chica de allí, pero más pollo... horrible.
Entonces le puso la bata sobre los hombros como una camisa de fuerza y delante del espejo, mientras manipulaba su desastroso cabello, la fue embrujando.
Cuando salió de allí, se ríe ahora, era una mujer madura, mechada y rubia. Nada coherente y muy poco valiente..
Pero en un año, será canosa y tendrá exactamente la edad que aparenta.

sexta-feira, 15 de julho de 2011

terça-feira, 12 de julho de 2011

Ve menos a su madre.

Son solo quince años. Es esbelta y grácil como un potro joven. Combina camisetas y zapatillas como una gran pasión y no sale de casa si no la acompaña su cepillo para dominar el cabello. Estudia sonrisas delante del espejo en la soledad del baño y habla modulando su voz fina como un instrumento de viento encantador de miradas y serpientes. En la sobremesa hablamos de la crisis. Ella no la nota, afirma despreocupada y cantarina, ligera en sus palabras como en su andar. Argumentamos intentando adaptar las palabras al hueco difuso de su pensamiento. Entonces ella añade:
-Bueno, tal vez sí.. la noto en que veo menos a mi madre.
Y a mí me gusta pensar que por su mirada pasa una nube gris como de nostalgia.
Esa misma noche hablo con esa madre para combinar ciertas normas de entrada y de salida, de llegada y partida.
-Temprano- me responde -yo me levanto a las cuatro de la mañana y no puedo esperar por ellas hasta las tantas...-
Limpia centros comerciales desde las cinco de la mañana y portales desde las ocho de la tarde. Durante el día procura dormir unas horas mientras la tele esculpe entre susurros el sueño de su niña, esbelta como un potrillo, sonámbula por los pasillos de su casa.

sábado, 9 de julho de 2011

Trascendente...

Me paro delante de una poza. El sol, a fuego lento, acaricia las rocas y la arena y siento calor en la piel. Observo. El tiempo no roza el aire. En un momento dado una diminuta caracola se mueve y se desplaza. La veo deslizarse en el suelo del agua. Veo un minúsculo tentáculo que extiende como mano de ciego. Si alzo la vista un cormorán se sumerge en el mar y otro, con un esfuerzo prolongado en el espacio, se despega del agua y penetra en el cielo. No soy nadie que exista más concretamente que esta caracola y estas aves. El breve cosmos de la poza no es mayor que el universo.

sexta-feira, 8 de julho de 2011

Jirones

Son solo pequeños jirones de vida que no tienen continuación posible. La vida misma está hecha de remiendos que se solapan como esas colchas preciosas que sabe hacer Azucena. Remiendos que forman figuras que nunca se repiten de la misma forma. El jirón suelto del papel enrollado con un nombre escrito, no tiene continuación posible. Nunca más volví a ver a la tía Lola. A veces cae su nombre en una conversación de la familia, como por casualidad, y alguien recuerda algo que no sé si supe alguna vez o si simplemente lo he olvidado. Por ejemplo, hace poco, mi hermano comentó que tras echar de casa a su madre, ya una anciana, vendió su dormitorio en la misma tarde para que no pudiera volver. Yo recuerdo a la abuela comiendo una manzana por las calles con los ojos muy abiertos y una sonrisa sin terminar. Recuerdo también los viajes de mi madre en autobús los fines de semana para visitarla en el asilo en que acabó sus días. A veces íbamos con ella y el olor penetrante de la vejez hacía doloroso estar allí. Aunque no nos reconocía, siempre que mi madre le acariciaba la cara se derramaba de sus ojos una dulzura llena de paz, un poco boba, que entonces no conseguía comprender. Ahora sí. Ahora lo comprendo, como comprendo el silencio del viaje de vuelta.
Con todo, incluso con aquella tristeza espesa que teñía aquellas tardes lentas, mi madre se las apañaba para que estos recuerdos tengan hoy un sabor dulce y profundo como aquellas miradas y aquellas caricias. Antes de coger el bus de regreso, pasábamos por la pastelería y nos cargaba de rosquillas de azúcar y almendrados; por eso, aún en aquel dolor, hay una huella dulce que inevitablemente dejó el cariño, como un rastro, como una marca de agua que verifica la autenticidad de un sentimiento. Remiendos que forman figuras que nunca repiten la misma forma, pero que una vez unidos, son nuestra vida.