Me mira de arriba abajo cuando salgo de casa arreglada, censurando mi gusto. Me mira también, crítica e hiriente, cuando salgo con el íntimo look de hippy trasnochada, porque me falta voluntad para vestirme. Tropiezo con su mal disimulada vergüenza si salgo en pijama a llevar la basura y saludo a los vecinos que se arromolinan a esas horas en la terraza del bar.
Dice que ya chocheo cuando me enredo con alguna palabra o levanta la vista al cielo si no recuerdo el nombre de sus amigos más habituales.
Esta mañana la sorprendí saliendo de mi cuarto apurada. Lanzó un grito de delincuente venial y, entre las risas, como restos del saqueo, aleteaba en el aire mi perfume.
