segunda-feira, 11 de março de 2013

Teología práctica y aplicada

Nicolás es rebelde, díscolo, que es la palabra con que se describe a los niños rebeldes.
Durante la cena hablamos de sus maneras.
- Mañana vas a ir a la Iglesia.
Le decimos como amenaza poco convincente.
- A la Iglesia? a qué?
- Pues para que tengas que contarle a alguien lo mal que te portas. Las cosas que nos dices...
-... y para que te digan que si sigues así te irás al infierno!- termino yo rotundamente.

Nicolás sigue cenando y se sonríe.
- El infierno no existe!
Continúa pensando y casi se escucha el ágil crujido de sus pensamientos:
- A ver... - explica -yo creo en Dios, pero no en el infierno...
- Ah! y eso por qué? por qué en Dios, sí y en el infierno, no? Me lo explicas?
Y con su media sonrisa, desde la obviedad, responde:
- Pues porque el infierno... Porque eso no tiene nada que ver con Dios!
Y la conclusión nos desarma por su evidencia.
Algo en su intuición de Dios me parece tan fácil...

terça-feira, 26 de fevereiro de 2013

Arañas y sabiduría.

El silencio tenía ya una densidad nocturna cuando NIcolás comenzó a gritar de aquella manera horrorizada. Lo creíamos dormido, pero saltó de la cama sin controlar sus movimientos y sus alaridos y explicando malamente su terror. Al parecer se estaba durmiendo cuando sintió algo en la cama y, al abrir los ojos, se econtró con una araña monstruosa en el almohadón. Intentamos calmarlo aplicándole nuestras palabras más sosegadas, pero todo parecía inútil. Poseído por el pánico se despojó del pijama en el pasillo mientras se sacudía el pelo y la espalda repitiendo una y otra vez: mira a ver si la tengo, mira a ver si la tengo!
No la tenía. Fui a buscar en la cama con la alegre previsión de encontrarme un bicho de campo de tantos como pululan por el mundo en la rompiente primavera. Moví la almohada, nada. Moví la sábana, nada. Estiré el edredón y sí, alli estaba, peluda, corpulenta, de abdomen carnoso y patas musculosas, una araña perfecta para resquebrajar el sueño. Baste decir que de habérmela encontrado yo misma, todavía hoy no sería capaz de dormir en el lugar de los autos.
Omitiré la manera, penosa, en que conseguimos hacer frente al animal. La matamos. Nico durmió con mamá y todavía, hace ya más de una semana, hablamos de ella y sacudimos las ropas antes de dormir. Lo que realmente importa es la moraleja, la sabiduría que el pequeño Nicolás extrajo de su pánico. Nicolás, que todavía no ha cumplido los 8 años, filosofaba ayer:
-Estoy pensando algo que me parece que es muy bonito, mamá. Estoy pensando... que a veces de un momento que es muy pequeño, hacemos algo muy grande. Como el día de la araña, mamá.. que fue un momentito.. y...
Y yo lo comprendo, pero no comprendo cómo ha hecho él para destilar esa gota impecable de saber.

Otro ratito

A veces empieza siendo como un hastío de una misma. Luego es simplemente dejadez. Desleixo. Holgazanería, que diría ella. Deshacerse un poquito en la corriente o dejar de ser. El placer de no existir. En cualquier caso, una incapacidad inquebrantable para disciplinarse y volver a cavar en la veta de donde sale el diminuto brillo. Dejarlo oxidar.
Un día suena una música en la espera de una llamada, o alguien tararea al pasar bajo la ventana y, de pronto, sin trámite ni aviso, los dedos recuerdan el camino y vuelven.
Otro ratito.

sexta-feira, 18 de janeiro de 2013

Rescate

Lo cierto es que cuando le sonrío por las mañanas, me siento mejor. Hoy llovía. Ha llovido toda la semana. Es de nuevo esa lluvia constante y obstinada que apenas deja respirar. Resbala por la piel de la realidad con absoluta falta de pudor. Poco a poco nos va ganando, anegando, encharcando. Nos ahoga el alma y enmohece nuestros gestos dejándonos encantados en una mirada soñolienta tras el cristal de la ventana.
Me resisto porque sé que si cedo a ese hechizo no volveré de allí. Salgo a correr y escucho los pies en la tierra empapada. Las piernas frías. Sudo. Y al volver, ya subiendo hacia casa, lo veo tras el cristal, como cada mañana. Casi lo olvido porque el agua me empaña la mirada, pero está allí. Entonces, bajo la lluvia, sonrío un día más, y esta mañana siento como esa sonrisa despeja un poquito el aire. Digo adiós con un gesto muy grande de mis brazos y él, detrás de la ventana, con sus noventa años en adagio, me devuelve el saludo y la sonrisa. Una sonrisa, que de haber sucumbido a la pereza, no habría rescatado de la inundación.

segunda-feira, 14 de janeiro de 2013

Paradoja de la gallina. O paradoja del blog y la gallina.

En realidad lo pensé mientras corría. Precisamente mientras corría.
Las mujeres vivimos más años. Somos más longevas. Es posible. Pero mientras corro por el camino, entre pinos y eucaliptos, pienso que, tal vez, no sea tan cierto. En realidad lo que sucede es que nos olvidamos de morir, atareadas como estamos en mantener la vida.
Todo sucede tras el primer hijo. Hago recuento de amigas y conocidas. Han desaparecido. Desaparecen, igual que yo misma, en la dulce y adictiva tarea de criar un hijo. Después es todo correr para empujar la vida y colarse en los huecos del estar de los otros. -Pero lo de los huecos es otra teoría-. Lo que importa es que todo es correr y, en esa prisa, en esa concentración permanente para que no decaiga, es posible que nos olvidemos, un día, de morir. Por eso duramos.
Lo pensé mientras corría, precisamente mientras corría. Tal vez por eso surgió la imagen tópica, jocosa y dura de una gallina sin cabeza escapando de la muerte por la propia inercia estar viva.

quinta-feira, 10 de janeiro de 2013

Poco habitual

Era temprano y estaba parado, junto a la furgoneta, en medio de la nada. Temprano: esa hora en que nada es todavía habitual. El cielo se acomoda, el viento duda, los pájaros se revuelven en las ramas.
Él estaba parado en medio del camino. La furgoneta apenas arrimada y él junto a la portezuela. Esperando por el tiempo. Un hombre maduro. Abrigo. Cabello penosamente teñido. Gafas. No reparé en más. No reparé entonces y aún ahora no podría retratarlo mejor.
Yo simplemente corría. Escuchaba mis propios pasos en la grava y respiraba. Corría también en medio de la nada y de mi nada.
Al pasar a su altura, el hombre dijo algo. Como no le entendí, aminoré la marcha y pregunté con un gesto, fatigada.
-Que si llevas mucha prisa... yo te llevo... -
Y la boca se le torció en un gesto mal aprendido de estúpida osadía.
No sé si fue precisamente el gesto o la pausa inesperada, pero sé que respondí con unas palabras crudas arrojadas con fuerza. Duras. Seguí corriendo. Pensé en mis canas, en mis años, en mi carrera torpe y en la hora. Pensé. Fui pensando. Después todo fue siendo cotidiano y todas las cosas permanecían en su sitio. Es decir, lo fui olvidando.
Pasaron un par de semanas y una mañana, ya subiendo hacia casa, pasó una furgoneta. Pasó y de pronto volvió a pasar y se paró a mi altura. Bajó un hombre maduro. Abrigo. Cabello penosamente teñido. Gafas. No reparé en más. Se dirigía a mí y aminoré el paso por si iba a hacer una pregunta. Una dirección. Un camino. Se aproximó despacio.
-Perdone-dijo.
-Sí, dígame.
-El otro día... hace unos días... creo que la ofendí. Quiero que sepa que no era mi intención. Que no quería molestarla.... Que yo solo...-
Hablaba despacio y buscando las palabras como en un cajón revuelto en que nada se encuentra.
Tardé en unir los puntos que unían los días. Pero era el mismo hombre. La misma voz.
-No se preocupe- le dije -Acepto las disculpas. Digamos que fue... un mal momento.
Subió a la furgoneta y se marchó. Yo seguí corriendo. Seguí pensando. Y, además, llegué sonriendo.