Siempre que algo le daba miedo prefería salir a su encuentro. Evitaba así el susto innecesario de la sorpresa. Sucedió un día con la vejez. Se paraba en los rostros de la gente madura. No en los ancianos, que ya tienen de nuevo su encanto y su ternura, no. Se paraba en los rostros de la gente de mediana edad, gente que no conseguía afinar el ritmo de sus andar con la cadencia o melodía de su años. Era una sensación difícil de describir, me contaba un tanto pudorosa, porque tenía mucho de prejuicio inconfesable (incluso para sí misma) y mucho de miedo a sí misma, a su vejez. El caso es que como siempre se había adelantado a sus temores, se despertó una mañana con la firme convicción de enfrentarse a la madurez... aunque yo sé que delante del espejo fue más radical en sus definiciones. Convencida como estaba, tomó sus decisiones y actuó en consecuencia. Como primera medida: asumir. Y siendo mujer y un tanto presumida, decidió que "por coherencia y hasta por comodidad" lo primero a asumir tendrían que ser sus cabellos blancos.
No diré que le diese tantas explicaciones a la peluquera, pero sí llevaba preparado un breve discurso de digestión rápida y de tono divulgativo. La peluquera la escuchó y con una sonrisa muy profesional, aceptó la propuesta.
-Pero no puedo decolorarte el tinte que llevas, porque te quedaría exactamente un tono amarillo pollo, que sería... poco deseable. No crees?
-Amarillo pollo?
-Sí, como aquella chica de allí, pero más pollo... horrible.
Entonces le puso la bata sobre los hombros como una camisa de fuerza y delante del espejo, mientras manipulaba su desastroso cabello, la fue embrujando.
Cuando salió de allí, se ríe ahora, era una mujer madura, mechada y rubia. Nada coherente y muy poco valiente..
Pero en un año, será canosa y tendrá exactamente la edad que aparenta.
quarta-feira, 20 de julho de 2011
sexta-feira, 15 de julho de 2011
terça-feira, 12 de julho de 2011
Ve menos a su madre.
Son solo quince años. Es esbelta y grácil como un potro joven. Combina camisetas y zapatillas como una gran pasión y no sale de casa si no la acompaña su cepillo para dominar el cabello. Estudia sonrisas delante del espejo en la soledad del baño y habla modulando su voz fina como un instrumento de viento encantador de miradas y serpientes. En la sobremesa hablamos de la crisis. Ella no la nota, afirma despreocupada y cantarina, ligera en sus palabras como en su andar. Argumentamos intentando adaptar las palabras al hueco difuso de su pensamiento. Entonces ella añade:
-Bueno, tal vez sí.. la noto en que veo menos a mi madre.
Y a mí me gusta pensar que por su mirada pasa una nube gris como de nostalgia.
Esa misma noche hablo con esa madre para combinar ciertas normas de entrada y de salida, de llegada y partida.
-Temprano- me responde -yo me levanto a las cuatro de la mañana y no puedo esperar por ellas hasta las tantas...-
Limpia centros comerciales desde las cinco de la mañana y portales desde las ocho de la tarde. Durante el día procura dormir unas horas mientras la tele esculpe entre susurros el sueño de su niña, esbelta como un potrillo, sonámbula por los pasillos de su casa.
-Bueno, tal vez sí.. la noto en que veo menos a mi madre.
Y a mí me gusta pensar que por su mirada pasa una nube gris como de nostalgia.
Esa misma noche hablo con esa madre para combinar ciertas normas de entrada y de salida, de llegada y partida.
-Temprano- me responde -yo me levanto a las cuatro de la mañana y no puedo esperar por ellas hasta las tantas...-
Limpia centros comerciales desde las cinco de la mañana y portales desde las ocho de la tarde. Durante el día procura dormir unas horas mientras la tele esculpe entre susurros el sueño de su niña, esbelta como un potrillo, sonámbula por los pasillos de su casa.
sábado, 9 de julho de 2011
Trascendente...
Me paro delante de una poza. El sol, a fuego lento, acaricia las rocas y la arena y siento calor en la piel. Observo. El tiempo no roza el aire. En un momento dado una diminuta caracola se mueve y se desplaza. La veo deslizarse en el suelo del agua. Veo un minúsculo tentáculo que extiende como mano de ciego. Si alzo la vista un cormorán se sumerge en el mar y otro, con un esfuerzo prolongado en el espacio, se despega del agua y penetra en el cielo. No soy nadie que exista más concretamente que esta caracola y estas aves. El breve cosmos de la poza no es mayor que el universo.
sexta-feira, 8 de julho de 2011
Jirones
Son solo pequeños jirones de vida que no tienen continuación posible. La vida misma está hecha de remiendos que se solapan como esas colchas preciosas que sabe hacer Azucena. Remiendos que forman figuras que nunca se repiten de la misma forma. El jirón suelto del papel enrollado con un nombre escrito, no tiene continuación posible. Nunca más volví a ver a la tía Lola. A veces cae su nombre en una conversación de la familia, como por casualidad, y alguien recuerda algo que no sé si supe alguna vez o si simplemente lo he olvidado. Por ejemplo, hace poco, mi hermano comentó que tras echar de casa a su madre, ya una anciana, vendió su dormitorio en la misma tarde para que no pudiera volver. Yo recuerdo a la abuela comiendo una manzana por las calles con los ojos muy abiertos y una sonrisa sin terminar. Recuerdo también los viajes de mi madre en autobús los fines de semana para visitarla en el asilo en que acabó sus días. A veces íbamos con ella y el olor penetrante de la vejez hacía doloroso estar allí. Aunque no nos reconocía, siempre que mi madre le acariciaba la cara se derramaba de sus ojos una dulzura llena de paz, un poco boba, que entonces no conseguía comprender. Ahora sí. Ahora lo comprendo, como comprendo el silencio del viaje de vuelta.
Con todo, incluso con aquella tristeza espesa que teñía aquellas tardes lentas, mi madre se las apañaba para que estos recuerdos tengan hoy un sabor dulce y profundo como aquellas miradas y aquellas caricias. Antes de coger el bus de regreso, pasábamos por la pastelería y nos cargaba de rosquillas de azúcar y almendrados; por eso, aún en aquel dolor, hay una huella dulce que inevitablemente dejó el cariño, como un rastro, como una marca de agua que verifica la autenticidad de un sentimiento. Remiendos que forman figuras que nunca repiten la misma forma, pero que una vez unidos, son nuestra vida.
Con todo, incluso con aquella tristeza espesa que teñía aquellas tardes lentas, mi madre se las apañaba para que estos recuerdos tengan hoy un sabor dulce y profundo como aquellas miradas y aquellas caricias. Antes de coger el bus de regreso, pasábamos por la pastelería y nos cargaba de rosquillas de azúcar y almendrados; por eso, aún en aquel dolor, hay una huella dulce que inevitablemente dejó el cariño, como un rastro, como una marca de agua que verifica la autenticidad de un sentimiento. Remiendos que forman figuras que nunca repiten la misma forma, pero que una vez unidos, son nuestra vida.
quinta-feira, 7 de julho de 2011
Incredulidad
Entonces no le hice caso porque la visita a la tía quiromante había sido, en realidad, simple curioseo. Pero cuando las cosas se pusieron más complicadas y no podía vislumbrar una salida en la espiral creciente e infinita de un mismo conflicto que se realimentaba a sí mismo, recordé sus palabras. A escondidas, amparada por la soledad de una mañana triste y gris, escribí el nombre propio del problema, que siempre lo tiene, en un fragmento mínimo de papel. Después lo enrollé y lo até con un hilo, no recuerdo si tenía que ser de algún color concreto, supongo que no porque de ser así lo habría hecho según las instrucciones, y lo metí en el fondo más helado y escondido del congelador. Allí sigue. De hecho llegué a olvidarlo. Llegué a olvidar que un día había creído, aunque fuera solo por un instante, en algo tan absurdo. Solo lo recordé años después en el transcurrir de una vaporosa conversación de sobremesa. Estuve tentada de ir a buscar aquel papel con aquel nombre escrito y enrollado. Sé que el conflicto duró y trabajamos mucho para solucionarlo. Que pasó el tiempo y que nada es para siempre. Pero incluso desde la firme incredulidad, prefiero no tocarlo y dejarlo estar allí, sumergido en el frío. Después de todo, es solo un pedazo de papel con un nombre escrito
quarta-feira, 6 de julho de 2011
La tía Lola
Muchos años después volví a verla para que me leyera el futuro y había cambiado muy poco. Continuaba cayendo de sus hombros la tira del sujetador color carne y sus brazos eran anchos y blandos como entonces, cuando la veía caminar cojeando por aquella cocina en que nunca se fregaban los cacharros mientras hablaba en alta voz, casi siempre discutiendo con mi madre, sosteniendo un cigarrillo entre los labios. Entonces yo era una niña y la miraba con sorpresa y disgusto sin poder dejar de compararlas. Mi madre, tan esbelta y limpia, con la voz modulada y suave me parecía entonces, desde los cinco años, una princesa. Después supe que la tía Lola había echado de su casa a nuestra abuela, ya una anciana, y por razones que mi madre nunca me quiso explicar acabó sus días en un asilo, con las únicas visitas de su hija "princesa". No supe nada más de la tía Lola y no la recuerdo en el entierro.
Muchos años después volví a verla para que me leyera el futuro. Se había convertido en quiromante y se ganaba la vida echando las cartas en un cuartucho oscuro. Reconocí sobre todo sus brazos y aquella tira de sujetador resbalando por sus hombros. Había cambiado muy poco, los años se habían limitado a excavar aquel gesto profundo de dolor y desgana en sus facciones. No se alegró de verme y me hizo pocas preguntas pero he de reconocer que, a pesar de mi escepticismo, fue bastante precisa en sus predicciones.
Muchos años después volví a verla para que me leyera el futuro. Se había convertido en quiromante y se ganaba la vida echando las cartas en un cuartucho oscuro. Reconocí sobre todo sus brazos y aquella tira de sujetador resbalando por sus hombros. Había cambiado muy poco, los años se habían limitado a excavar aquel gesto profundo de dolor y desgana en sus facciones. No se alegró de verme y me hizo pocas preguntas pero he de reconocer que, a pesar de mi escepticismo, fue bastante precisa en sus predicciones.
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